La crisis moral de una parte del basquet argentino no tiene solución.

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Por Ricardo Scazzino

En las últimas horas se dió a conocer la invitación-tardía-que le hace la Confederación Argentina de Basquet al enorme Rubén Magnano para que informalmente aporte su visión sobre la triste realidad del basquet argentino.

Es decepcionante ver-obviamente para los que quieren ver-en que han transformado por ej; una de las competiciones como es la la Liga Nacional de Basquet. Una genial idea que nació con un fin y mientras se respetaron sus postulados, el basquet nacional creció y logró títulos increíbles.

Luego un grupo de fascinerosos-con el voto legal-se apoderó de la competencia, liberaron los cupos de extranjeros en nombre de ganar y la formación de jugadores nacionales se vino en picada.

Clubes que envían a sus esbirros a levantar la mano a las reuniones de CAB y ADC, y aportan su voto para lo que tenemos hoy.

El basquet federativo destruído, las Asociaciones y Federaciones no sirven para nada, no hay recambio en las selecciones y el público exige poco y nada. Salvo que su equipo gane. Lo demás es baratija.

En una de las peores crisis del pais, cuando la gente se mataba en las calles, cuando no se sabía donde estaban los ahorros; el programa de Marcelo Tinelli reventaba de teleaudiencia. La campaña de distracción funcionaba con una maquinaria aceitada a la perfección. Hoy no cambia nada en el basquet nacional. Clubes que abonan la distracción y no el debate de ideas superadoras. Clubes que con la excusa de ganar, postergan a su propio semillero. Clubes que destinan dinero-siempre ajeno- para que «streamers» visiten sus instalaciones y lógicamente hablen maravillas de sus contratantes. Los mismos clubes que con la mentira de hacerles creer a los padres que sus hijos van a jugar Liga, los convencen de hacer miles de empanadas «por que hay que colaborar con la financiación de la institución». Los engañan impunemente.

Pero todo eso se consigue con la complicidad de ciertos sectores de la prensa que perdieron todo el decoro y hasta el respeto por ellos mismos. «Periodistas» que no dudan en publicar orgullosamente «selfies» con dirigentes de la peor reputación imaginable. Dante Panzeri, Osvaldo Orcasitas, Osvaldo Ardizzone volverían a morir, pero de verguenza si se enterasen de estas imbecilidades.

Las organizaciones deportivas nacieron para representar valores que trascienden el resultado de una elección o una competencia. El esfuerzo colectivo, la transparencia, la honestidad y el compromiso con los socios constituyen los cimientos sobre los cuales se construyen las instituciones que marcan la vida de una comunidad.

Sin embargo, en los últimos tiempos se ha vuelto habitual observar cómo determinados grupos llegan a la conducción de entidades deportivas amparados por la legalidad del voto, pero alejados del espíritu que debería guiar a quienes asumen semejante responsabilidad. Ganar una elección es legítimo. Convertir esa legitimidad en un instrumento para favorecer intereses personales, consolidar pequeños círculos de poder o desplazar los principios históricos de una institución es otra historia.

La democracia interna exige mucho más que depositar una boleta en una urna. Requiere dirigentes capaces de interpretar las necesidades de los socios, rendir cuentas de cada decisión y administrar los recursos con absoluta transparencia. Cuando el objetivo principal deja de ser el crecimiento de la entidad para transformarse en la conservación del poder, la organización comienza a perder su rumbo.

Resulta preocupante que algunos sectores confundan la victoria electoral con un cheque en blanco. El respaldo de los votos no otorga inmunidad moral ni habilita conductas que contradigan los valores fundamentales del deporte. La legalidad de una elección nunca puede utilizarse para justificar prácticas que generan desconfianza, divisiones internas o descrédito institucional.

Las organizaciones deportivas pertenecen a sus socios, a los deportistas, a las familias y a la comunidad. No son patrimonio de una dirigencia circunstancial. Cada decisión adoptada debe responder al interés colectivo y no a estrategias personales o políticas.

Hoy más que nunca es necesario recuperar la cultura de la honestidad dirigencial. Se necesitan dirigentes que prioricen el diálogo por encima de la confrontación, la transparencia por encima del secretismo y el servicio por encima del protagonismo. Personas capaces de comprender que ocupar un cargo no significa acumular privilegios, sino asumir responsabilidades.

La reconstrucción de la confianza no será sencilla. Exigirá mecanismos de control, participación activa de los socios y una firme convicción de que los valores institucionales deben estar por encima de cualquier resultado electoral. Pero ese camino es indispensable.

El deporte enseña que las victorias más importantes no siempre se reflejan en un marcador. También existen triunfos éticos, morales e institucionales. Tal vez haya llegado el momento de que las organizaciones deportivas vuelvan a mirar esos valores que alguna vez las hicieron grandes y recuerden que la verdadera legitimidad no se obtiene únicamente en las urnas: se construye cada día con honestidad, transparencia y respeto por la comunidad que representan.