El riesgo de que lo cotidiano pase a ser invisible

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El nombre proviene del Cerro Chenque, uno de los símbolos más importantes de la ciudad, considerado un emblema de la identidad comodorense.

Esta mención ha sido entregada a personas destacadas de la comunidad por sus contribuciones en distintos ámbitos.

En resumen: recibir la Mención Honorífica Cerro Chenque significa recibir un reconocimiento oficial de Comodoro Rivadavia por una trayectoria o aporte destacado a la sociedad.

Recibir esta mención está reservada para aquellos destacados en hechos puntuales que merezcan tener una proyección eterna.

Nicolás Casalánguida y Emma Díaz por caso, son dignos merecedores de el galardón mas importante que otorga nuestra ciudad.

Lo que pareciera es que últimamente hay una urgencia por hacer merecedores de la Mención a «amigos de…» o «recomendados por…». La imagen que están dando los ediles locales sobre la cantidad y calidad de los mencionados es preocupante.

Asi como el aplauso por un logro es mucho más que un simple gesto de reconocimiento. Tiene un profundo significado social, emocional y simbólico que lo hace sagrado, la Mención Cerro Chenque es aún más que un gesto espontáneo. Debe ser evaluado quien la recibe y no dejar duda alguna sobre el porqué de su entrega. Es loable que deportistas, investigadores, artistas, profesionales, sean distinguidos. Pero cuando la Mención se extiende a algún comunicador social cuyo único mérito es ser «amigo de…», el tema se desvirtúa.

En toda comunidad, institución o actividad, los reconocimientos cumplen una función esencial: destacar méritos, esfuerzos excepcionales y logros que merecen ser puestos como ejemplo. Sin embargo, cuando los premios se entregan de forma constante, masiva y sin una clara diferenciación de méritos, surge una pregunta inevitable: ¿qué ocurre cuando todos son premiados?

La esencia de cualquier distinción radica en su capacidad de reconocer algo extraordinario. Un premio adquiere prestigio cuando representa un logro difícil de alcanzar, cuando simboliza un nivel de excelencia que no todos consiguen. Pero cuando las entregas se multiplican sin una evaluación rigurosa o cuando el reconocimiento se convierte en una práctica habitual para un gran número de personas en cortos períodos de tiempo, el valor simbólico del galardón comienza a deteriorarse.

Especialistas en gestión institucional coinciden en que la sobreabundancia de reconocimientos puede generar el efecto contrario al buscado. Lejos de incentivar el esfuerzo, puede instalar la percepción de que el premio ya no es una consecuencia del mérito, sino una simple formalidad o una estrategia para satisfacer a todos por igual.

El fenómeno no es nuevo. Ha ocurrido en ámbitos deportivos, culturales, empresariales e incluso educativos. Premios que en sus comienzos eran esperados con expectativa y admiración terminan perdiendo impacto cuando la cantidad de distinguidos supera ampliamente los criterios de selectividad que les dieron origen.

La situación también genera una sensación de injusticia entre quienes han realizado aportes verdaderamente destacados. Cuando no existe una diferencia clara entre logros extraordinarios y desempeños habituales, el reconocimiento deja de cumplir su función de estímulo y se transforma en un acto protocolar más.

Esto no significa que los esfuerzos colectivos no deban ser valorados. Por el contrario, el reconocimiento es una herramienta importante para fortalecer vínculos y motivar a las personas. La cuestión pasa por encontrar un equilibrio entre agradecer la participación y reservar las máximas distinciones para quienes realmente han marcado una diferencia.

La seriedad de un premio no depende únicamente de su nombre o de la ceremonia en la que se entrega. Su prestigio se construye a partir de la credibilidad de sus criterios, la transparencia en la selección y la percepción pública de que quienes lo reciben verdaderamente lo han ganado.

Porque, al fin y al cabo, un reconocimiento vale tanto como el significado que la sociedad le atribuye. Y cuando todos reciben el mismo aplauso por igual, el premio corre el riesgo de dejar de ser un símbolo de excelencia para convertirse simplemente en una costumbre